Se da el nombre de esmalte a los metales y colores de que se supone
forman el campo, y también, por extensión, a los forros que a veces se dibujan
sobre el mismo.
Los metales que se usan en los escudos son únicamente dos: la plata y el oro;
los colores cinco, a saber: azur (azul), gules (rojo), sinople (verde),
púrpura (rojo-morado), sable (negro). Los ingleses reconocen tres colores más:
el sanguineo, el naranjado, y el de canela.
Los forros heráldicos son ciertas figuras convencionales que representan o recuerdan los
verdaderos forros de piel que formaban parte del hábito de los caballeros o cubrían sus escudos.
En Heráldica no se reconocen más de dos forros, el armiño y los veros;
pero este último admite no pocas variedades. La representación gráfica de unos y otros puede
verse en las figuras anteriores.
Los metales y colores se representan en pintura cada uno con su matiz propio;
mas cuando no han de pintarse los escudos, sino que se dibujan o se estampan, entonces se hace
la indicación de dichos esmaltes por medio de puntos y rayitas convencionales (desde el siglo
XVII), según lo manifiestan los presentes grabados.
Los referidos colores y metales, que para distinguirse unos de otros los caballeros en los
simulacros de combates se establecieron ya de muy antiguo, tienen simbolismo especial en el
lenguaje cristiano de la Edad Media, y no han de adoptarse al capricho cuando se trata de idear
un escudo nuevo.
El oro exige y recuerda el deber de aliviar a los pobres y defender al rey y a la patria;
la plata la obligación de amparar huerfanos; el azur, la de asistir priontamente
a su señor; el gules, la de proteger a los oprimidos por injusticias;
el sinople, la de remediar a labradores y paisanos, el púrpura, la de salir por
la defensa de la religión y sus ministros; el sable, la de auxiliar artistas y literatos
y amparar viudas y desvalidos.
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